Por: Beatriz Hernandez
XALAPA, VER. – Para Maurilia Cruz Contreras, el tiempo no se mide en años, sino en ausencias. Su calendario se detuvo el 20 de abril de 2012, el día en que su hijo, Jorge Antonio Torres Cruz, salió de casa para no volver. Desde entonces, han pasado gobiernos, han desfilado fiscales y las promesas se han marchitado, pero el lugar de Jorge en la mesa sigue vacío y la carpeta de investigación, según denuncia su madre, sigue intacta.
A 14 años de distancia, la voz de Maurilia no suena a derrota, sino a una indignación cansada. "No hay nada de avance, la carpeta está igual", confiesa con la crudeza de quien ha aprendido que, en los laberintos de la burocracia, la esperanza es un artículo de lujo.
La denuncia de Maurilia es un dardo directo al corazón de las instituciones. Mientras las autoridades aseguran que "las investigaciones continúan", ella tiene otra lectura de la realidad: la inacción. Con una cita fallida el pasado 15 de marzo como ejemplo más reciente, la madre lamenta que, tras bambalinas, la búsqueda real solo ocurre en sus propios pasos.
“Se supone que están investigando, pero yo creo que no, nada más están calentando la silla”, sentencia Maurilia, señalando la desconexión entre el discurso oficial y el polvo que se acumula en su expediente.
La tragedia de la familia Torres Cruz tiene capítulos que el papel oficial no alcanza a registrar. Maurilia recuerda con dolor que su esposo, Jorge Antonio Torres Montes, murió con el nombre de su hijo en los labios y la incertidumbre en el pecho. Se fue de este mundo sin la respuesta que buscó durante años, dejando a Maurilia sola en una batalla que parece no tener fin.
El reclamo de esta madre a la gobernadora Rocío Nahle García es un grito que comparten miles en Veracruz: que la "atención a desaparecidos" deje de ser un punto en la agenda y se convierta en una realidad.
El ruego: Maurilia ya no pide imposibles. Si su hijo ya no está en este mundo, solo pide sus restos.
La dignidad: "Queremos que regresen a casa, aunque sea para despedirlos", dice, resumiendo el derecho humano más básico: el de la sepultura y el adiós.
El caso de Jorge Antonio es un recordatorio de que en Veracruz la justicia tiene una deuda histórica con las familias de larga data. Para Maurilia, el hecho de que ningún fiscal se haya tomado el tiempo de recibirla personalmente no es solo un descuido administrativo; es una falta de humanidad.
Mientras la ciudad sigue su curso, Maurilia Cruz sigue caminando. Ella es el rostro de una búsqueda que no entiende de plazos ni de burocracia, una mujer que solo quiere que la verdad, por dolorosa que sea, finalmente regrese a casa.






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